
Con solo 18 años, recién egresada del colegio en Paraguay, Darla Melgarejo llegó a La Plata en 2015 con un objetivo claro: estudiar. Cursó el primer año de la carrera de enfermería y luego cursó la licenciatura en Turismo en la Universidad Nacional de La Plata (UNLP). Pero mucho antes de esa mudanza, ya había otra historia escribiéndose en su vida: la de la danza paraguaya.
Todo empezó de muy chica, en su pueblo natal, Itakyry, en el departamento de Alto Paraná. Se sumó a un grupo fundado en 1998, al que su tía la llevó cuando tenía apenas cinco años. Bajo la conducción del director Mario Garcia Siani y con el legado de uno de los fundadores, Carlos Morales, incorporó una formación centrada en los saberes populares y las costumbres paraguayas, un eje que marcaría toda su trayectoria posterior.

Esa base se profundizó con dos experiencias que ella misma describe como decisivas: en 2014 viajó a Chile durante un mes junto al grupo de danzas de itakyry, y en 2015 integró un seleccionado nacional de artistas —enmarcado en la organización Cioff (Consejo Internacional de Organización de Festivales Folklóricos) que la llevó a recorrer Austria, Serbia, Hungría y Rumania representando a Paraguay.
Al instalarse en La Plata, no tardó en buscar un espacio para seguir bailando y enseñando. Se acercó a dar clases en la colectividad paraguaya de Berisso, pero los tiempos no acompañaron: su hija mayor tenía apenas tres meses, así que decidió esperar y dejar que el grupo siguiera su curso. Poco después, una de las madres le pidió clases aparte, y ese pequeño grupo terminó presentándose en una muestra junto a una profesora de aeróbic.

Con la experiencia y la estructura que había aprendido de su director en Paraguay, se propuso profesionalizar cada detalle: el respeto por el vestuario, las coreografías y la representación fiel de las costumbres. "Se podía mejorar lo que se tenía, que no estaba mal, pero se podía mejorar", resume sobre su llegada a la colectividad platense. Ese trabajo de profesionalización tuvo un reconocimiento concreto: en febrero de 2026, Neike Jeroky viajó a Paraguay para participar del Festival del Tereré, llevando su propuesta de danza más allá de la comunidad platense y hasta el país de origen que homenajean en cada presentación.
Darla es enfática al hablar de lo que no se ve: detrás de cada show, cada vestuario y cada logro hay muchas horas de ensayo y un sacrificio cotidiano. El mayor desafío, dice, es poder vivir del arte y lograr que la sociedad lo valore como un campo de conocimiento en sí mismo, sobre todo en un contexto de crisis económica que complica sostener al grupo. Aun así, sostiene una convicción que la acompaña en cada obstáculo: con paciencia, perseverancia y energía positiva, "todo se puede y todo se logra".
Esa vocación también atraviesa su maternidad. Su primera hija creció literalmente arriba del escenario de los ensayos, sentada en el cochecito desde los tres meses. Hoy, con el segundo hijo, vive un proceso similar, buscando siempre el equilibrio entre la crianza y su compromiso con el grupo.
Para Darla Melgarejo, Neike Jeroky es mucho más que un grupo de danza: es una gran familia comprometida, donde todos se sostienen mutuamente, con las diferencias propias de cualquier vínculo cercano. Y para la colectividad paraguaya de La Plata y Berisso, la define sin dudar como una representación digna de sus raíces y su cultura.